8 de octubre de 2014

La cinta rosa 4. Las causas.

Mientras uno está en la sala de quimio la conversación se va acabando a medida que los compañeros de ocasión se van durmiendo, se van yendo a su casa, se cuelgan mirando un azulejo de forma tal que parece que vieran a través de él (es un efecto secundario que el oncólogo me jura que no existe. Pero yo estuve ahí, no me lo leí en un prospecto).

En esos momentos al pedo, con el brazo medio adormecido de tanto tenerlo quieto para que no se salga la vía, la cabeza se pone a laburar.

Juego: encontrá en la foto todas las cosas que hacen mal a la salud

Yo no conocía las causas del cáncer en general. Tampoco las del cáncer de mama en particular. Pero sabía ya desde muy joven qué cosas hacían mal a la salud. Y no me preocupaba por nada. Claro, con los avances de la medicina y de la farmacología, me confiaba en que hubiera una pastilla para cada cosa que uno se quisiera curar. Incluso hay pastillas que no curan nada, pero que cambian cosas que no nos gustan, o que nos gustarían más si fueran de otro modo.


Qué hice

Sabiendo que era malo para mi salud:
  • Fumar.
  • Comer chatarra.
  • Dormir mal.
  • No hacer actividad física.
  • Trabajar demasiadas horas.
  • Tomar demasiado café.
  • No ponerle límites al estrés.

Sospechando que era malo para mi salud:

  • Pretender hacer muchas cosas al mismo tiempo (y masacrarme para poder hacerlas).
  • Comer panchitos. Al menos tres por semana.
  • Tomar una bocha de remedios cada vez que me enfermaba.
  • Vivir con acidez estomacal crónica, como si fuera una parte de mi personalidad, no una enfermedad de mi cuerpo.
  • Usar antitranspirantes para caballos, con olores a químico peligroso (es mejor intoxicarse que chivar apestoso, pensaba yo).
  • Tomar hormonas anticonceptivas.

 Habiendo sido advertida de que era malo para mi salud, pero considerando que eran advertencias jipis y new age sin fundamento científico:

  • Comer sin control carnes y embutidos varios.
  • Usar antitranspirantes para caballos.
  • Alisarme el pelo con la cosa esa que bien serviría para fumigar planetas desconocidos.
  • Comer frituras.
  • Comer comida comprada.
  • Consumir bebidas gaseosas con edulcorante casi a diario.
  • Saltarme controles de salud.
  • Comer golosinas casi a diario.
  • Renegar. Renegar mucho.
  • No hacer actividad física.
  • Exponerme a diversos aparatos sin tener en cuenta el nivel de radiaciones que emitían.
  • No bajar los varios quilos que había subido en un período bastante corto de tiempo.
  • Ponerle a la comida calditos, saborizantes y mejoradores de sabor artificiales.

Como habrán observado, hay cosas que se encadenan, cosas que aparecen en más de una lista, cosas que se contienen unas a otras. Hay cosas que no recuerdo (a medida que escribo se activan los mecanismos de represión y censura en el cerebro). Leyendo todos los puntos, pareciera la enumeración de pecados de alguien que no lleva una vida saludable, pero no una receta para comprarse un cáncer. Hay gente que vive así hasta los 90 años. Pero parafraseando a Odile Fernández (médica, blogger y dos veces sobreviviente), el cáncer es como la lotería: cuantos más números juegues, más chances tenés que llevarte el gordo. Y yo encontraba un vendedor de boletas en cada esquina.

No es para intransigentes
Dejar de jugar al lotocáncer no es para intransigentes. El que declare que no merece la pena una vida sin vodka, cigarrillos, gaseosa y berlinesas fritas con pastelera de pura yema quizá tenga razón. Pero quizá pueda también consumir menos vodka, cigarrillos, gaseosa y facturas y hacer más gimnasia y durante más horas; ayunar con un nutricionista un par de días al año para desintoxicarse; tachar los calditos de la lista del super; reemplazar las golosinas por fruta.

Tampoco para fanáticos
Me gustó mucho el libro de Odile, de quien hablo más arriba (todavía lo estoy leyendo). Pero de acuerdo con la información que aporta, todo lo relacionado con la forma de vida en las ciudades es potencialmente cancerígeno: el jabón de lavar ropa; el desodorante; la comida comprada; los alimentos que provienen de animales; el celular; el detergente de lavar los platos; los guantes que nos ponemos para evitar el contacto con el detergente de lavar los platos; la mayonesa, el champú, el mate en bombilla, las medialunas, las empanadas; el protector solar que creías que te protegía del sol para evitar el cáncer de piel; tu sartén de teflón, el talco, algunos pigmentos para telas y casi todo el maquillaje. También la soja, la nafta, las bananitas bañadas en chocolate; el asado de los domingos y el de los otros días también; las mamaderas de plástico, el microondas y el secador de pelo. Los sanguchitos de la mesa de fin de año asumen el rol de veneno mortal.

Estoy de los dos lados
Navego por temporadas entre las dos categorías anteriores. Yo creo que la vida sin pan sin manteca es un martirio para cualquier persona de bien en este planeta. Y no pienso comer un cubito knorr (ni maggi, ni ningún otro) nunca más. Pero nada de esto sirve para que una persona se mantenga sana.
Los cambios saludables son los que se pueden sostener en el tiempo y que son acompañados por la familia.  Hice pocos de esos, pero estoy aprendiendo a valorarlos. Deshacerse de todas las harinas refinadas y de todas las latas de tu alacena no le salva la vida a nadie. Cambiar las harinas refinadas por trigo entero o por mezclas con salvado y semillas y reemplazar las latas por verdura comprada en el día son dos números menos que te comprás en el lotocáncer. No son acciones sofisticadas, difíciles de llevar adelante ni costosas. El salvado de avena y el de trigo son bien baratos, los conseguís en las dietéticas. Con 30 pesos te comprás una bolsita llena de semillas varias. Y con lo que cuesta una conserva, te comprás una cantidad de fruta o verdura fresca muy superior al contenido de la lata. Dos números menos, pensalo.

Hasta mañana.
 


3 comentarios:

Rafael Nofal dijo...

Excelente, amorcito!

Rafael Nofal dijo...

Me gusta mucho lo que (y como) escribes. Beso

Rafael Nofal dijo...

Excelente, amorcito!