21 de octubre de 2019

Actos de lealtad




La semana pasada me encontré con un viejo conocido. "Es de no creer, pero estos días andaba pensando en vos. Tengo que hacerte una confesión", dijo. Intrigada, me dispuse a escuchar esperando que la revelación valiera la pena de soportar el calor, el ruido y otras incomodidades del microcentro de Tucumán. "Leí una de las cartas que le escribiste a Claudio. Él no tendría que haberla ofrecido y yo no debería haber aceptado. Pero no entendía bien lo de ustedes y llevábamos unas copas encima y la leí. No recuerdo los detalles, pero sí que era muy linda y que antes de la firma habías puesto 'tuya, siempre'. Cada vez que te veo me acuerdo de eso: 'tuya, siempre'. Y de que él decía que no era una declaración de amor ni de pertenencia sino de lealtad, porque vos eras peronista. Todo el tiempo decía que vos eras peronista. De no creer che, lo mucho que he estado pensando en eso estos días". Nos despedimos con un abrazo y con la promesa mutua de café y charla.

Entre la inestabilidad de mi empleo, los aniversarios tristes inoportunos, un robo descuidista en el que se llevaron un montón de archivos irrecuperables y un intento de colaboración militante que terminó como el traste, mi humor ha venido oscilando este octubre entre malo y homicida. La anécdota me enterneció un poco, me dejó el mood switch en "malo" (que es lo mejor que ando pudiendo conseguir últimamente) y me llevó a mi recurrente y siempre incompleta reflexión sobre la lealtad.

Yo, el otro, el prójimo

Me ha rondado siempre Levinas. Se aparecía por mis lecturas, en ensayos o en ficción. Se colaba en las conferencias, en algunas conversaciones y hasta en el cine. (Alguien lo mencionó en el cineclub La linterna mágica y yo lo recuerdo hoy, más de 20 años después, junto con un pulóver de bremer, una fotocopia manchada con la reseña de la película y el brillo húmedo de la calzada de la calle Mendoza. El pulóver de bremer recién calentado por el cuerpo del otro, el pasillo con plantas del Círculo de la Prensa. El pulóver de bremer que me pongo agradecida pero un poco incómoda, porque entonces creía que los enamoramientos se ejercían de a uno por turno y yo ya estaba enamorada de uno distinto, que nada de filósofos judíos, que nada de cine, que nada de bremer).

El 2 de abril de 2013, en un acto en Puerto Madryn, Cristina dijo "la patria es el otro". Y crucé descaradamente Totalidad e infinito con el Nuevo Testamento de mi Biblia de Jerusalén. El otro de CFK se parecía tanto al Otro del Jesús de los apóstoles (1) y al del filósofo (2).

Es un otro que da sentido al modo de estar en el mundo. Es un otro significante: se es por el otro (porque hay otro) y para el otro. Soy un sujeto significado por el otro, es su presencia la que me engendra como sujeto. Soy en tanto estoy atenta (en tanto amo) al otro.

La lealtad mía

Hoy es 17 de octubre. Y al menos hoy (quién sabe si mañana) entiendo la lealtad como un movimiento del sujeto hacia el otro. La lealtad es el acto voluntario en el que declaro que estoy para el otro, porque soy consciente de que soy desde y por el otro. La lealtad es amor, del verdadero, del poético, del bíblico.

"El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor". (3)


(Qué vicio irrespetuoso el mío, de entrelazar textos, atravesarlos de a pie, intervenirlos. Qué lealtad irrespetuosa, entrelazada, descalza, intervenida).

Recuerdo el bremer del cineclub y ese sentido de lealtad adolescente hacia el enamoramiento único, que me hizo aceptar el pulóver y nada más que el pulóver, nada más.

Recuerdo mis cartas. Y a Claudio profetizando un peronismo que yo iba a abrazar años después.

Esta semana voy a ir a buscarlo por los bares. Cuando lo encuentre le voy a recordar que soy suya, siempre.


(1) (...) "Ama a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más importante que éstos.
Marcos 12:31. Biblia de Jerusalén. Desclée de Brower, Bilbao, 1998.

(2) El rostro que recibo me hace pasar del fenómeno al ser en otro sentido: en el discurso me expongo a la interrogación del Otro y esta urgencia de la respuesta -punta aguda del presente- me engendra en la responsabilidad; como responsable, me encuentro unido a mi última realidad. Esta atención extrema no actualiza lo que fue en potencia, porque no es concebible sin el Otro. Estar atento significa un excedente de conciencia que supone la llamada del Otro. Ser atento es reconocer el señorío del Otro, recibir su mandato o, más exactamente, recibir de él el mandato de mandar. Mi existencia, como «cosa en sí» comienza con la presencia en mí de la idea de lo Infinito, cuando me busco en mi realidad última. Pero esta relación consiste ya en servir al Otro. Levinas, Emmanuel. Totalidad e infinito. Ediciones Sígueme, Salamanca, 2002.

(3) Corintios 13:4-5. Biblia de Jerusalén. Desclée de Brower, Bilbao, 1998.

17 de mayo de 2019

Por ahí




Voy a empezar a buscar por el lado de la belleza. Porque por el de la paz forzada hay un silencio triste. Como el silencio de los que creen que su palabra vale poco.

Hay belleza que duele, belleza que se quiebra. O hay grito en la belleza. Cansancio a veces. Escaras (flores de yacer en pasividad activa yacer hasta que florezca el cuerpo yacer esforzadamente inmóvil para ser carne y pétalo).

Claro que vamos a preferir siempre (siempre, siempre) la belleza que canta.

Porque en la paz forzada hay un silencio de tristes. Construido con palabras ignoradas maltratadas devaluadas. Recogidas en el aire, desoídas y devueltas. Y qué castigo qué dolor qué cosa tan violenta el desdén del que hace como que no has dicho nada.

Por el lado de la belleza. Que también tiene desamor. Pero por ahí, por ahí va la cosa.


27 de febrero de 2019

No deberíamos








1. Se dice. Se falla.

La niña está en peligro, dice el juez.
Y dice que la va a poner a resguardo en casa de la abuela. Y falla.
Y falla.

La niña ha atravesado el peligro, dicen los médicos de atención primaria. Y dicen que la van a derivar para que quede a resguardo.
Y fallan.

En el hospital la niña dice pide suplica que le saquen de encima las huellas del viejo. Pero nadie la escucha. Llora. Llora todo el día, dicen los que la escuchan de lejos.

En medio de todo hay una fiscala que investiga y otra que fiscaliza a los médicos para que no se equivoquen no vaya a ser cosa que se equivoquen y terminen equivocándose y pagando en su fiscalía alguna cosa que no vaya a ser que pase porque si no capaz que terminan pagando algo. De onda, fiscaliza.

Los médicos se lavan y se lavan y se lavan las manos, pero no se ponen los guantes.